EL MATÓN


Cuando era niño en mi clase había un matón. El matón tenía un secreto que yo sabía y que nadie más conocía. Vivía en el edificio de la casa de una tía lejana con la que coincidíamos a veces, dos o tres en todo el año, cuando la Mona de Pascua o en Navidades. Pero nunca habíamos ido a visitarla. Un año, ya avanzada la primaria, y con el matón cada día más matón, fuimos a ver a la tía, que por aquel entonces tenía mal a su madre.


Dimos una vuelta por el barrio, y al entrar al edificio, mi tía saludó a Gabriel, el matón de la clase, que salía a toda velocidad. Qué casualidad. No me vio, y cuando subimos al ascensor mi tía le contó a mi madre que qué lastima, que el crío había salido un “abusón”, que había escuchado como una vecina había venido a decirle al padre que dejara de darle collejas a su hijo en los recreos, que lo tenía amedrentado. El chico amedrentado del que hablaban, también lo conocía, se llamaba Marquitos.


Mi tía, ya en la casa, y bajando la voz, dijo que no le extrañaba; que cuando era más niño, bebé incluso, y dado que en esa casa los techos eran de papel, jamás había escuchado una criatura a la que dejaran llorar tanto tiempo. Y por si fuera poco, un niño que además tenía que escuchar las reprimendas del padre a la madre, que es que el hombre tenía “un carácter que para qué” y “mira ahora: de tal palo tal astilla”. “Eso sí, el padre ya no hace nada, pero el chico, pobrecillo, no me extraña que sea así”, concluyó.


El pobrecillo Gabriel era el que luego en la clase zumbaba de leches a Marquitos y a algunos más, siempre con su séquito de emuladores, que andaban tras él como el líder que en el fondo vengaba quién sabe qué rencor oculto en todos ellos. Los raritos teníamos nuestro círculo y, aunque no éramos carne de cañón, sabíamos que teníamos que estar juntos para evitar la afrenta diaria, que, como era de esperar, recaía en el débil y solitario Marquitos.


En el fondo nos daba más miedo acercarnos a Marquitos que a Gabriel, lo cual de alguna forma nos hacía cómplices. Dejarlo solo lo hacía diana de los ataques de Gabriel. Así pues, el círculo se cerraba. Era como si hubiera un guion donde todos los personajes -familias, profesoras, profesores, compañeras, compañeros-, hacían su papel para que aquello sucediera y nada cambiara. Y si el guion funcionaba, para qué cambiarlo.


Hasta que un día entró en el rodaje un personaje nuevo. Una profesora que desde la ventana de la sala de profesores miraba siempre lo que sucedía en el patio. Se dio cuenta de cómo había zonas muertas, inalcanzables para la torre de vigilancia de los docentes, donde un grupo de chicos se llevaba a otro chico y luego salían sin el victimado. Al cabo de un rato, cinco minutos de promedio, éste salía del rincón, con la cara congestionada, como única evidencia de a saber qué humillación le había tocado aquella vez.


No fue más que después de dos semanas que pasó algo. Fue en una salida de clase. Gabriel, esperaba que su cohorte de seguidores saliera para emprender la salvajada del día, pero se llevó la sorpresa de una desbandada de todos sus correligionarios. Le murmuraron algo a la puerta y se marcharon. Lo vimos enrojecer, pero se quedó, y al salir Marquitos le dijo que ya se encargaría de partirle la cara por lo que acababa de pasar.


Lo que no sabía Gabriel es que, un día antes, la profesora había hablado con nosotros, los raritos, con otras compañeras de clase, y también con algunas chicas y chicos de cursos superiores para que acompañáramos, no a Marquitos, sino a Gabriel hasta la salida, y así lo hicimos, aunque sin comprender el alcance del plan. La profesora nos dijo que no había nada que temer, pero que era necesario que hiciéramos aquello si queríamos terminar con el asunto del abuso.


Así que a la salida unas quince personas seguimos a Gabriel con la extraña sensación compartida, al vernos así en masa, de engendrar una fuerza enorme, como si un dragón se hubiera despertado del letargo de una larga indiferencia. Era algo inesperado, que no habíamos saboreado nunca. Íbamos detrás de él. Hasta que se dio la vuelta, nos miró y sacó una navaja. Nadie le plantó cara, y aunque teníamos miedo nadie se fue. El tampoco se movió, nos miró con la mano levantada, empuñando la dichosa navaja, llamándonos a algunos para que fuéramos uno a uno a pelear, pero no obtuvo ninguna respuesta, ni de huida ni de desafío. Finalmente, nos maldijo y se marchó.


Creo que, por primera vez, el problema de Marquitos había pasado a ser el problema de todos y todas. Nos dimos cuenta que con esa acción ya estábamos involucrados. Y al día siguiente, en el recreo, con el pavor en el cuerpo, vimos como Gabriel fue a por Marquito. Ya no necesitaba a sus “cobardes” amigos, aunque tuvo otro séquito muy diferente. Como si fuera un reguero de pólvora se corrió la voz de que Gabriel había acorralado a Marquitos detrás de la pista deportiva y que se las iba a hacer pagar todas juntas. En cosa de un minuto nos tuvo allí, otra vez ese grupo-dragón, crecido en número de miembros, y quizá algunos movidos por esa oscura satisfacción de ver perder a un abusón.


Pero no hubo humillación de nadie a nadie. Solo la presencia de un grupo que bastó para disuadir a otro chico de cualquier ocurrencia o venganza. Ese día también pasó otra cosa. Marquitos comenzó a tener amigos. Y Gabriel… podría haberse quedado solo, pero algo nos parecía importante.


Los raritos teníamos una extraña afición, lo del cine. Estábamos haciendo un corto sobre espías marcianos infiltrados en el colegio; nos dedicábamos a grabar escenas con una pequeña cámara, que, la verdad, quedaban bastante sosas, y necesitábamos a alguien que pudiera ayudarnos en las escenas de violencia. No sería un vídeo interesante si no aparecía un poco de acción, pero nos faltaba convicción, intensidad. Alguien debía comportarse con una fuerza sobrehumana verosímil y Gabriel en eso tenía experiencia, quiero decir, que en algunos momentos se había creído un dios. Ahora solo queríamos que hiciera de marciano, lo cual no era un dios, pero conservaba ese componente excesivo que necesitábamos.


Antes de ofrecerle el papel, se lo contamos a la profesora, por si acaso la invitación comportaba algún riesgo. En cierta manera, ella había comenzado esta historia. Sin embargo, la profesora aprovechó la situación para hablar con su familia y ofrecerles un trato. Se archivaría todo expediente académico donde constaran sus abusos si accedían a presionar a Gabriel para que participara en el corto. Al día siguiente, después de las clases, vino al aula polivalente, y la profesora acudió a ver el ensayo. Estuvo incómodo, manteniendo cierta distancia, pero pronto empezó a meterse en el argumento. Nos explicó cómo teníamos que caer, y las coreografías de las peleas subieron de nivel restrictivo, porque pasamos de ser para todos los públicos a como mínimo N.R.M. de 16 años, lo cual como cineastas nos hacía más dignos.


Con el tiempo, Gabriel se volvió un adicto a los rodajes. No había manera de que se saltara uno, y la profesora consiguió que el centro ofreciera una extraescolar de medios audiovisuales e interpretación. Allí algunos estuvimos un tiempo, pero se nos pasó la fiebre del cine, y dejamos de acudir, pero Gabriel había encontrado un escape en la interpretación. Un escape y una afición: qué importante era aquello. En su casa no comprendían bien el cambio, sus amigos en la calle tampoco, y en el colegio ya no estaba pendiente de Marquitos que ahora era prefería llamarse Marcos y se dedicaba a jugar fútbol de delantero chupón y con estilo, vaya cambio.


En cuanto a Gabriel, las cosas no es que fueran bien con su familia, y por eso se escapó de casa varias veces. Acabó en un centro de menores, pero dada su afición a la interpretación, la directora del centro solicitó una acogida en una familia ligada al mundo del teatro. Nosotros estábamos ahora en la Universidad, pero sabíamos que de cuando en cuando la Escuela de Arte Dramático ofrecía funciones gratuitas. Cuando actuaba Gabriel acudíamos a verlo. Se alegraba del reencuentro, y nos recibía con unas paródicas collejas, evidencia de que podía burlarse sin reparos de su leyenda negra, y creo que, en parte, aunque no nos gustara la representación, íbamos para recordar como ese pequeño monstruo pudo trasformarse en una dramático marciano al que admirábamos efusivamente.


De este cuento, que puede ser real, queda mencionar a quien pudo ver desde la ventana de una sala de profesores lo que estaba pasando, a la que pudo ver más allá de un niño abusón y otro victimado; aquella que nos vio a todos, y que supo que lo sucedido era una oportunidad de cambio para todas las partes. A esa profesora que de alguna manera la educación le parecía la aventura de transformar lo que está escrito de manera fatídica en una historia inesperada.


Es, por ella, por quien está contada esta historia.

Yo solo la recuerdo.



JARA


Murcia, 16 de Marzo de 2022



Dibujo de Valeria Favoccia, en Stranger Things, Ed. Norma Cómics














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